La salida estaba prevista para las 6 am del martes 2 de enero del 2001. El lunes anterior, y primer día del año, Francisco Meza había entrado de vacaciones en su trabajo. El hombre dedica su tiempo a la mecánica porque es lo que ha hecho desde pequeño, y por la pasión que tiene hacia los fierros. Trabaja en el mismo taller en que lo hacía su padre. Ya de niño, Raúl, lo llevaba al taller para que lo acompañe en sus trabajos, y ahí se quedaba toda la tarde; cebándole mates y ayudándole en lo que podía. Tuvo una infancia humilde. Su madre, Sonia, era ama de casa.
Hoy, Francisco tiene 66 años, y a pesar de su edad va todos los días al trabajo. Con el pelo blanco, y una estatura que no pasa del metro ochenta, ofrece una imagen tierna, a primera vista. Pero la fuerza de sus ojos marrones hace notar que no es un anciano más. No es el típico abuelo que juega con sus nietos los fines de semana, mas allá de que alguna vez le toque cuidar de ellos. No es el abuelo que va de la casa al almacén y del almacén vuelve a su casa. Todo lo contrario. Es dinámico, inquieto. Llega al punto de ser escurridizo, cuando alguna noche de invierno se escapa para jugar a las cartas con sus amigos. Aún conserva esa chispa, se nota en su tono al hablar. Es ágil, rápido, divertido. Le gusta estar con amigos, tomar su vinito de todos los días, comerse un rico asado cada tanto, y por supuesto, ir a pescar. Y eso va a hacer ese fin de semana.
De todas formas, no deja de ser un hombre del hogar, eterno compañero de su mujer, Verónica Capelletti de 62 años, quién es ama de casa. Ella se encargó de cuidar a sus cuatro hijos. Tres varones y una mujer. Alberto de 37, Ana María de 35, Rubén de 32 y Rafael de 29. Hoy, se encarga de cocinar y de limpiar lo que ensucian Francisco y Rafael, el único de sus hijos que, por ahora, vive con ellos.
Por su parte, Verónica pinta bien. No en el sentido de realizar de buena manera el arte de pintar, sino, pintar como sinónimo de aparentar. Pinta de mujer valiente. Dura, pero a la vez, tierna y sensible. De voz dulce y pausada. Los años la han encorvado, pero ella se mantiene erguida. Su tez blanca, y el tono grisáceo de su cabello contrastan de modo fenomenal con sus ojos celestes. Hija de inmigrantes italianos. Su padre trabajó en diferentes lugares fracasando una y otra vez, hasta afirmarse como cajero en el almacén de un amigo. Y su madre era ama de casa aunque, de vez en cuando, realizaba algunas changuitas. Tuvo sólo un hermano, se llamó Víctor pero falleció al año y medio de vida a causa de una enfermedad de nacimiento. Por el dolor ocasionado, y ante la advertencia del doctor de que otro hijo podía traer serios inconvenientes, sus padres decidieron no tener más hijos que la hermosa Verónica. Fue bella. Es bella, y será más bella aún. Será un mito. Será siempre recordada como la mujer de Francisco Meza, aquel hombre que no se quedaba quieto.
De Rafita a Rafael
Rafita (así le decían cuando era chico) es un tipo responsable y prolijo. Al igual que su padre es morocho y tiene una estatura mediana. De su madre heredó los ojos celestes y la blancura en la piel. La personalidad jovial y amable, es el patrón en común paterno y materno. Con 29 años, es Profesor de Educación Física. Se recibió en Reconquista donde también hizo sus estudios primarios y secundarios. Todo en la Escuela Juan Bautista Alberdi Nº 203. En el secundario conoció a un chico llamado Matías que solía jugar al fútbol con bastante frecuencia en la canchita del barrio. Con el tiempo se daría cuenta de que el chico vivía cerca de su casa, y que poco a poco iban a formar una gran amistad. Pero los caminos de la vida los distanciarían durante un tiempo. A Rafael le costó encontrar alguien que supla su lugar. En realidad, nunca lo encontró. Ambos compartían los gustos y los pensamientos. Adoraban los mismos deportes. Amaban el fútbol, y por sobre todas las cosas a River Plate. A pesar de estar viviendo en distintas ciudades, cada vez que Matías regresaba pasaban un buen momento poniéndose al tanto acerca de sus vidas. Cerca o lejos de Matías, la vida del ya convertido en Rafael continuó. Hizo nuevos amigos, tuvo algunas novias pero hoy debe su corazón sólo a una. Logró recibirse en forma rápida y comenzó a trabajar en Platense Porvenir como colaborador del Profesor de Fútbol del club en las categorías infantiles.
El lunes primero de enero de 2001, Rafael, que se había levantado para almorzar en familia, se privó de dormir la siesta y se puso a escribir la lista de mercaderías que era necesario comprar para las mini vacaciones. Mas tarde, su papá iría a comprarlas con el otro protagonista del viaje. Rafael no podría acompañarlos porque estaba encargado de armar los bolsos. La idea era tener todo listo antes de la cena. De modo que, luego de comer, no haya otra cosa para hacer que ir a descansar, y de ese modo estar diez puntos al otro día.
Esa tarde, Rafael elaboró una larga lista de comestibles, productos de limpieza y, también apuntó, alguna herramienta que hacía falta en la caja que llevan siempre en el auto. Además, en otro papel, detalló lo que tenían que comprar en el camino al Puerto como las carnadas, por ejemplo, y otros instrumentos que siempre tiene un buen pescador. Colocó los papeles en la guantera de su Renault Megane, se pegó un baño y fue a visitar a su novia. Ella se llama Macarena; es de Malabrigo, una ciudad cercana a Reconquista. Tiene 28 años y la conoció en el profesorado donde egresaron el mismo año. Ella tuvo la suerte de conseguir trabajo en una escuela. Vive con su abuela en un departamento acogedor ubicado en el centro de la ciudad. Tiene dos habitaciones grandes, dos baños, una cocina separada del comedor y la sala de estar por separado también. Aunque no viven juntos todavía, Rafa suele quedarse a dormir con ella. Acostumbran a soñar juntos y tienen proyectos para su vida en pareja. Esa noche él no se quedaría a dormir. Sólo fue a tomar unos mates, para después volver a su casa. Al día siguiente no habría tiempo para verla, se iba a pescar con su papa y su amigo. La salida sería bien temprano, o quizás, muy tarde como para arrepentirse.
Los papeles en la guantera
Cerca de las 19 horas del lunes, Francisco aviso a Verónica que en un rato regresaba, fue a su dormitorio a buscar la billetera y salió en su auto. Manejo dos cuadras y se detuvo en una casa con ladrillos vistos en el frente y un portón negro que ofrece la entrada por el garaje. Tocó bocina, y un grito le respondió: -¡Ahí va! Se esta cambiando.- La voz era de María Clara Rodríguez. Una mujer de aspecto joven. Tendría unos cuarenta y pico de años. Docente en la escuela n° 472 del Barrio Chapero. Allí está a cargo de los chicos de primer y segundo grado en la asignatura Lengua y Literatura. Está casada con Jorge Bustamante, de 48 años; alto y robusto, morocho y de ojos negros. Es colectivero de las líneas urbanas y se encontraba cumpliendo su recorrido. Juntos, tienen dos hijos: la nena, aunque ya no tan niña, se llama Sofía. Tiene 25 años, estudia Profesora en Matemáticas y está muy cerca de recibirse. A esa hora debió estar con sus amigas tomando algo en la plaza. El nene, aunque ya no tan niño, es Matías. Tiene 27 años y es amigo de Rafael, el hijo mas chico de Francisco, desde la escuela secundaria. En ese momento, se estaba cambiando.
Apagó el motor de su Megane color rojo y se dispuso a esperar mientras escuchaba la radio. A los 5 minutos, se abre el portón negro y sale Matías. De bermuda beige, una musculosa azul y ojotas hawaianas; camina hacia el auto y se mete por la puerta del acompañante. Abrocha su cinturón y emprenden camino. Antes de la esquina, pregunta: -¿Adonde vamos a ir a comprar?-. –A “Cristian”- le contestó Francisco. –Nos queda cerca y es el único lugar que seguro esta abierto hoy que es feriado.- termina de responder Don Meza. El viaje es corto. Apenas llegan, estacionan frente a la entrada. Antes de bajar del vehículo Matías mete mano en la guantera, saca dos papeles. Elije uno. Y entra, junto a Francisco, al súper.
Matías, a pesar de su edad, es el niño mimado en su casa. Terminó la secundaria a los 24 años en una escuela nocturna. Todo se complico cuando a sus 16 se fue a Buenos Aires para jugar al fútbol en las divisiones inferiores de Argentinos Juniors. Una vez instalado en la pensión del club, por las prácticas en horario de mañana se tuvo que inscribir al turno tarde, donde jamás se terminó de acomodar. El primer año se llevó muchas materias y repitió, volvió a cursarlo pero se dio por vencido antes de la mitad del año siguiente. Al otro año, mientras siguió en el club de la Paternal, comenzó a cursar en una nocturna, pero después del mes de julio lo dejaron libre en el club y viajó a Rosario para jugar en la cuarta división de Rosario Central. Allí el club no se hacía cargo de sus gastos de alojamiento y comida por lo que se consiguió un trabajito en un bar para complementar el dinero que le enviaban desde su casa. Así se le hizo muy difícil estudiar. Cumplidos los 21 años y al no prosperar en el fútbol, se volvió a Reconquista, por pedido expreso de sus padres. Si hubiese sido por él, seguro seguía intentando. Poseedor de un carácter amable, no le resultaba difícil establecer relaciones con otras personas. También, su simpatía, su buen humor, su sonrisa y su carisma lo ayudaban mucho en ese aspecto. Es un pibe tranquilo. En lo físico es similar a su padre, con la diferencia de tener un cuerpo más delgado y atlético por haber practicado deportes desde pequeño. Además del fútbol, le gusta mucho la pesca. Adoraba ir a pescar con su familia o amigos; pasar algún fin de semana descansando en la isla. Nada lo relajaba tanto como eso. Se dejaba llevar por el Río Paraná, iba oliendo los aromas frescos de la selva, contemplando las infinitas tonalidades de verdes, disfrutando el momento, exprimiendo cada minuto al máximo, intentando convertir el fin de semana de pesca en un fin de semana eterno.
Al otro día, el sonido del despertador despierta a Francisco. Son las 5.30 am. Se dirige al baño cuando ve encendida la luz de la cocina. Escucha ruidos provenientes de ese sector de la casa y se asoma para observar. Era Rafael, que ya estaba levantado, y estaba preparando el desayuno. Se había encargado de colocar los bolsos en el baúl del coche, de sacar el auto a la vereda y de llamar a Matías para asegurarse de que no se quede dormido. Treinta minutos después, Francisco, Rafa y Matías, ya habían subido a la ruta que los lleva al Puerto Reconquista. En el camino, hicieron uso del otro papel que estaba en la guantera del auto. Antes de las 9 am, estaban en su lancha, con sus pertenencias, dirigiéndose al lugar donde van siempre.
La ranchada
Así se llama el lugar donde don Francisco Meza acostumbra a ir. Con amigos o con su familia, el hombre se siente cómodo ahí. En esas coordenadas arma su campamento y pasa los días de pesca. El sector conocido como “la ranchada” esta cerca del monte. Se caracteriza por ser una amplia porción de tierra “limpia”, es decir, con pocos árboles, vacía de pastizales altos, carente de desniveles, y segura si se la compara con otras zonas de monte. En “la ranchada” no hay casillas, es un lugar donde se acampa. Es un terreno grande y firme sobre el que la gente expande sus sabanas y se arroja al suelo a descansar bajo el sol o la luna. A eso fueron padre e hijo Meza. A eso fue Matías.
Se arriba a “la ranchada” tras subir aproximadamente 5 km por el Río Paraná, partiendo desde el Club Náutico. También es posible llegar de otra forma. En situaciones en que el Río Paraná se encuentra lo suficientemente crecido, desde la estancia “La Manuela”, que es el punto máximo hacia el Este en la ciudad de Reconquista, se puede llegar a este lugar en canoa, después de remar por varios minutos.
Día de pesca
El sol brillaba aquél martes 2 de enero. No había rastros de nubes en la inmensidad azul del cielo. La mañana estupenda daba indicios de lo que iba a ser un hermoso día. El reflejo radiante del sol en el río encandilaba a los protagonistas que subían, tranquilos, el rebelde Río Paraná. De repente, tierra a la vista, o mejor dicho, Ranchada a la vista. Llegando a la costa, Francisco detuvo el motor de la lancha. Ataron, con una soga, la lancha a un poste; y comenzaron a bajar las pocas cosas que traían con ellos. En una hora, la carpa estaba armada, los mates corrían y una de las bolsas de medialunas saladas estaba semi-vacía.
No había nadie más que ellos tres en “La Ranchada”, pero si había gente a sus alrededores. En la isla de enfrente estaba el cuidador de una casilla. Se lo conocía como “pacho”. Aproximadamente tenía unos cuarenta años o más. Hombre delgado, de tez negra. Su cabello: bien cortito y ennegrecido. Vivía allí solo, se desconoce si tuvo o tiene familia. Dicen, los que lo conocen que tiene algunos problemas de audición, para no decir que es casi sordo. A unos 200 o 300 metros río abajo, había una familia acampando. Formada por padre, madre y dos niños. Por supuesto, era incesante el movimiento de lanchas de la gente amiga del norte. Y también, en observancia de todo, la Prefectura Naval.
Un día maravilloso de pesca. Lo bueno de la isla, dicen los que la frecuentan, es que te olvidas de la hora. Allí no existe el reloj. Y de eso disfrutaban los muchachos de Reconquista. Se los veía contentos. Con el reloj en sus bolsillos, estaban relajados, lejos de toda presión de trabajo, lejos del ruido de la ciudad, lejos de las responsabilidades. Se encontraban en pleno estado de naturaleza.
De todas formas, para tener un orden, Rafael había planeado el menú del primer día: salame, queso, pan, aceitunas y maníes esperaban, frescos, en la conservadora. Y por la noche, el turno del clásico guiso de campamento. Ya tenían almuerzo y cena del primer día.
Sólo Francisco agarró su caña. Matías tomó la conservadora. Rafita cambió el mate con medialunas por una jarra de fernet con coca con el consentimiento previo de sus compañeros de viaje. Cerca de las 12 del mediodía salieron a recorrer el río.
Así es la isla. Dicen los que la frecuentan que es tranquilidad, que es la naturaleza en persona. Es la alegría de llegar y la tristeza de saber que a los pocos días te vas. Es el sentir que un surubí ha mordido tu carnada. Es el presente fantástico. ¡Es ese momento y nada más! Es el despreocuparse de los problemas ayer, hoy y siempre. Despreocuparse de lo que puede pasar mañana. O más aún, despreocuparse de lo que puede pasar esa misma noche.
Tres hombres alegres
Pasearon un rato. Rafael conducía la lancha. Su co-piloto era Matías que sostenía la jarra. Atrás, Francisco contemplaba el paisaje. Colocaron dos o tres tramperos en lugares estratégicos según dijo autoritariamente don Meza. Y luego se detuvieron por dos motivos: uno, el elevado precio del combustible que hizo que compren poca cantidad; y el otro, el hambre empezaba a apretar el estomago de cada uno.
Al detenerse, el sol quemaba sobre el río. Se pusieron protector solar para prevenir posteriores dolores. Francisco, sin demasiados preámbulos, fue hacia la parte delantera de la lancha, se sentó y arrojó su rill. Los dos jóvenes destaparon la conservadora y, con paciencia y como si se tratase de un acto ceremonial, fueron preparando la picada. Al rato, ya estaban disfrutando de un almuerzo en el paraíso. Había un dialogo fluido. Claro, es que se conocen hace mucho. Han pasado muchos fin de semana como éste. Han compartido infinidad de momentos juntos. Son protagonistas de las historias que se cuentan y que de a poco van recordando juntos. Les agregan detalles que el otro había olvidado. Les agregan detalles para hacerlas más fabulosas. Sonrisas, carcajadas, melancolía y, de vez en cuando, un silencio, son el resultado de la charla, resultados del contar historias y anécdotas. Estaban felices. Para las 14 horas, en la inmensidad del Río Paraná, había tres hombres alegres.
Pero también sentían cansancio. Desde que llegaron habían armado la carpa, acomodado sus pertenencias, limpiado el terreno cercano a la carpa y salido al río. No se habían detenido a reposar más que en ese momento. No habían parado más que para comer. La fuerza del sol también le jugaba una mala pasada. La emoción de haber llegado fue tan fuerte que querían hacer todo junto. Fue por eso que decidieron volver. Sentían que debían descansar. No mucho, sino que con una horita y media estaba bien. Algo como para levantarse con energías, con más ganas.
La pava nuevamente sobre el fuego, otra bolsa de medialunas que se inaugura, pero el sol no tiene la misma fuerza que en la mañana. La carpa, a esa hora, ya es protegida por la sombra de un árbol. El clima está hermoso y agradable. La calma reina en la isla a las 5 de la tarde. Con tranquilidad, van poniendo en condiciones la lancha. Cada uno prepara su rill y revisa su caja de herramientas. Se suben y encienden el motor. Lentamente se mueven por el Paraná, y van en busca de la preciada presa. Van en busca de su alimento, de su comida, de lo que les saciaría el hambre durante los próximos días. No se hacían demasiado problema, pero sabían que para comer tenían que pescar porque las provisiones se iban a acabar pronto.
Al regresar, con la luna sobre sus cabezas, poco importaba cómo les fue, poco importaba si habían pescado algo. Ellos la habían pasado bien, se habían divertido. No se hacían mucho problema. Tal vez no iba a hacer falta una buena pesca. Tal vez las provisiones nunca se acaben.
La última cena
Todos colaboraban. Rafa se encargaba de cortar las verduras mientras Francisco le daba una mano, Matías había desplegado la mesa de plástico y colocaba un mantel para cubrirla. La mansa noche daba un toque de serenidad y calma a la ansiedad con la que preparaban su cena. Es que el aroma hacía desear ese plato. Era el famoso guiso de campamento. En esta ocasión compuesto por papa, cebolla, morrón, ajo, carne de vaca y arroz.
La cena comenzó tarde. Si es que existe ese adjetivo en un lugar donde no se tiene en cuenta la hora. Se demoraron porque cuando regresaron de pescar, guardaron sus herramientas y se cruzaron a la casilla de “pacho” para pegarse un baño en un lugar más cómodo. Había un baño en La Ranchada pero era pequeño y sus condiciones eran deplorables. Se entretuvieron dialogando con él. Pacho es un tipo que conoce mucho de la isla. Es de esos que siempre tienen una historia para contarte. Y en el tiempo en que se bañaron los muchachos, “pacho” dio un monólogo. Por su cordialidad, lo invitaron a comer. Le dijeron lo que iban a preparar y le advirtieron que siempre les salía delicioso. Pero él rechazo la invitación. Se saludaron, se dijeron un – ¡Hasta mañana! Que descanses.- y volvieron a La Ranchada. Pero claro, ellos no tenían horario, de eso se trata la isla. Eso es lo que los hace sentir libres como el viento.
Se sentaron a la mesa y disfrutaron de la comida como nunca antes lo habían hecho. Saborearon cada bocado como si fuese el último. Hablaron, rieron y lloraron de la risa. Se repetían las historias, pero eso no importaba si hacía reír. Imaginaron ese momento al otro día, y al siguiente también. Cruzaron los cubiertos y estiraron los pies en un gesto de satisfacción. – ¡No doy mas!- dijo Matías; Francisco acompañó: – Un bocado más y exploto.- La cena había sido exquisita. Levantaron los platos, sacudieron el mantel, y un juego de cartas decidió que Francisco fuese quién lave esa noche. Ese mismo juego de naipes estableció que alrededor de la mesa queden sentados Mati y Rafael, de espaldas al río. Ya no había nada que hacer. Con las cartas sobre la mesa, la suerte del trío estaba echada.
Y la radio se apagó
A los tres le gustaba la música, en especial la cumbia santafesina. Francisco prefería folcklore. De todas formas, no le hacía asco a la cumbia. Habían llevado una pequeña radio pero no la habían probado en todo el día. Antes de comer Francisco había enganchado justo el dial de Radio “El puerto”, una emisora en la que pasan diferentes estilos de música. Apenas se alcanzaba a tomar la frecuencia y se escuchaba algo interrumpido y con descargas. Aún así era preferible eso, antes que un silencio atroz. La radio era una agradable compañía, y además, le daba un toque de ritmo a la tranquilidad reinante.
Francisco, enjuagaba los platos y la olla en la canilla que está en la parte trasera del baño. Matí se había levantado para buscar algo en la carpa y volvió rápidamente. Rafa, completamente saciado, no atinaba a realizar movimiento alguno. De repente, la radio se suspende y se hace un silencio. Había pasado antes también. La radio se escuchaba en forma interrumpida, por eso, al principio no llamó la atención. Pero el silencio se profundizó por unos segundos. – Mati, fijate que pasa con la radio- expresó Rafael desde su lugar alrededor de la mesa. Giró su cabeza acompañando el recorrido de Matías hacia la radio. Matías levanta el aparato, ante la atenta mirada de su amigo, y se sorprende. -¿Lo apagaste vos? Pregunta.- Rafa niega haberlo hecho; y cuando vuelve su cabeza hacia al frente divisa una figura que no era la de su padre cerca del baño. De un salto, se levanta de su asiento. -¡Papa! Grita. Y cuando va a dar un paso recibe un golpe en la espalda, y al instante otro más. El golpe fue pesado. Lo sintió fuerte. Le costaba levantarse. Desde el suelo, veía 3 hombres. Todos de negro y encapuchados. Tenían palos y cuchillos. A él, probablemente, lo había golpeado el del palo.
Por su parte, Matías, que había vuelto a encender la radio, al ver lo que le pasa a su amigo deja caer la radio sin darse cuenta. En un segundo, él también estaba en el piso dolorido, recibiendo más golpes aún. Intentó levantarse y hacerle frente a quién lo envestía. Era un hombre alto y fuerte, con una cuchilla en su mano. Le hizo tajos por todas partes. Matías luchó por su vida, seguramente le causó algún daño a su oponente. Lo golpeó y arrancó retazos de su vestimenta. Pero hubo un puntazo letal, directo al cuello, que debilitó al joven pescador. Ese fue el prologo de una asquerosa serie de cuchillazos. Ese fue el epílogo de la vida de Matías. Por las dudas, le dispararon dos veces antes de marcharse.
Rafael atinó a levantarse para ayudar a su compañero, un disparo en la cabeza y otro en el pecho lo sentenció. Cerca del baño, un hachazo no le dio tiempo a reaccionar al viejo Francisco. Otro hachazo más lo dejó con la mitad del cuerpo sobre el agua. Crueldad pura. Hubo gritos. Ya no. Sólo la radio sonaba. Aquellos pasos silenciosos que la habían apagado minutos antes, volvieron a apagarla, y se marcharon. Ahora si reinaba el silencio, un silencio estremecedor. Un silencio hondo. Un silencio que se extiende a cada rincón de La Ranchada.
FIN
Dos personas que vieron el cuerpo de Francisco Meza flotar, avisaron a la Prefectura. Se culpa a la Prefectura Naval de actuar con negligencia al llegar tarde al lugar de los hechos. Los medios de comunicación llegaron antes, se metieron en la escena del crimen y, probablemente, con o sin buena fe, borraron huellas.
Los posibles testigos no dieron cuenta del hecho. El cuidador “Pacho” no escucho nada. Cabe recordar que tenía principio de sordera. La familia que estaba de campamento con sus dos niños tampoco escucharon sonidos de disparo, ni gritos, ni vieron movimientos sospechosos. A esa hora no había embarcaciones cerca, según la familia y “pacho”. Un grupo de personas que estaban lejos del lugar aseguran haber visto una embarcación de Prefectura con marineros bebiendo y portando armas.
En la terminal de Reconquista, se tomó prisionero a una persona por llevar en su muñeca el reloj de uno de los pescadores. Ésta dijo que se lo vendieron en el Concurso Argentino de Pesca del Surubí que se lleva a cabo en la ciudad todos los años en el mes de octubre. Luego de 4 años, su abogado lo saco de prisión por falta de pruebas en su contra.
Dentro del ambiente de la pesca, se rumorea que la familia Meza estaba en la faena ilegal. Que mataban vacas de propiedad privada de la estancia “La Manuela” y las carneaban para después consumir la carne o venderla. De todas formas, el relato que se planteo en las líneas de arriba, no tiene en cuenta esta teoría de los hechos sucedidos. Según esta hipótesis, la muerte de los Meza y de Matías habría sido efectuado por dueños o empleados de la estancia vecina a La Ranchada al dar cuenta del reiterado robo a su ganado.
La causa quedo abierta. Sin culpables, sin pruebas sustentables y con investigaciones que no van a ningún lado.
Relato de actividades
Lo primero que hice fue inmiscuirme en el tema. Mas allá de que tenía cierto conocimiento acerca de éste, debía profundizarlo. Para eso fue importante haberme llegado a Reconquista en las vacaciones de invierno, ya que como en la Web no hay abundante información era menester complementarlo con alguna fuente escrita. Me acerque a la Biblioteca Municipal, y allí encontré información útil en lo que en algún momento fue un importante semanario en la ciudad: el periódico “Edición 4”.
Por otra parte, en un principio no tenía bien en claro quién sería el protagonista de la entrevista; aunque si aspiraba a que pertenezca a la familia Meza. Mi idea, era hablar con Verónica, pero ella, de 72 años en la actualidad, es reticente al tema. Esto me lo afirmó, en off, Rubén, uno de sus hijos; y también agregó que en general la familia es evasiva al tema y que prefieren no hablar al respecto. Justamente, fue Rubén quien me atendió con muy buena predisposición para llevar a cabo la entrevista formal. Luego de haber realizado esa entrevista, alguna charla informal, fuera de grabación con gente que es conocedora del tema terminó de brindarme ciertos detalles.
Audio de entrevista a Rubén


MUY BUEN TEXTO. Muy buena la estructura y buen uso de recursos. No se usaron enlaces.
ResponderEliminarBien el informe.
Muy bueno Alber, felicitaciones. Despues enseñame a escribir un poco ja. Un abrazo
ResponderEliminarjeje gracias querido! me alegro q te guste :)
EliminarMe gustó!!Claro, con detalles de lo cotidiano y conciso en el desenlace. Felicitaciones Alber!!!
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